Cuando ofrendar nutre el alma
La tendencia actual es cuestionar casi todo. Prácticas, creencias, tradiciones: nada escapa al escrutinio crítico. Incluso las prácticas religiosas están siendo examinadas de cerca. Esta actitud, a menudo mal recibida por las generaciones mayores, puede no obstante convertirse en una muy buena oportunidad para la reflexión y la renovación.
Personalmente recibo este cuestionamiento con los brazos abiertos, porque nos permite reposicionar nuestras prácticas y evitar caer en la trampa de simplemente “hacer por hacer”. Entre los temas sensibles de hoy está el acto de ofrendar en la iglesia. Este tema, aunque central para la vida espiritual, se ha vuelto altamente problemático en algunos círculos.
Regresemos a la Palabra y consideremos el contexto hebreo para comprender mejor la cultura y el concepto de las ofrendas, y así devolver a este acto su pleno significado espiritual y bíblico.
En el antiguo Cercano Oriente, la relación entre los dioses y los seres humanos se concebía a menudo como una de dependencia material. Los seres humanos alimentaban a los dioses mediante sacrificios, y a cambio, las deidades concedían fertilidad y protección. Como señala Thorkild Jacobsen: “Los dioses de Mesopotamia, al igual que el hombre, dependían para su sustento de la ingestión de comida y bebida. El sacrificio era, podría decirse, su pan cotidiano, y a las imágenes de los dioses en los templos se les servía regularmente con comida”.[1]
En estas culturas paganas, el ser humano existía para servir a los dioses proporcionándoles comida, bebida y albergue, y el culto egipcio seguía un patrón similar pero altamente codificado. Jan Assmann explica: “El culto a los dioses en sus templos se adhería a un ritualismo inmutable. El rito central era el servicio diario de la estatua divina: se la despertaba, se la lavaba, se la vestía, se la adornaba con joyas y se le presentaban ofrendas de alimento. La estatua no era el dios, sino un punto de contacto que permitía que el poder divino se manifestara en el mundo”.[2]
Esta visión contrasta marcadamente con la de Yahvé. Israel, habiendo estado en Egipto, estaba impregnado de estas concepciones de un dios dependiente de ofrendas materiales. Para comprender la naturaleza del Dios verdadero, era necesaria una transformación cultural y teológica.
El Éxodo de Egipto y el establecimiento del santuario fueron tanto un juicio teológico contra los dioses de Egipto como una revelación pedagógica de Yahvé. Jacques Doukhan identifica y confirma esta pedagogía divina en su obra, afirmando que “el santuario en el desierto se erigía como una protesta silenciosa contra la religión egipcia. Cada detalle de su construcción y servicios transmitía un mensaje diametralmente opuesto a las prácticas cúlticas egipcias.”[3]
La santidad de Dios en Levítico no es meramente ritual, es ética. Exige una respuesta holística de su pueblo.[4] Así, el sistema de ofrendas a Yahvé fue instituido inmediatamente después de la liberación de Egipto, para enseñar a Israel acerca de la identidad del Dios que los había salvado. Su propósito era construir una comunidad santa en relación con un Dios trascendente y santo, en completa oposición al modelo egipcio de deidades inmanentes y dependientes. Esta distinción se convirtió en el fundamento mismo de la identidad nacional y religiosa de Israel.
La ofrenda israelita: Un medio de relación de pacto, no de sustento divino
Considerando los análisis de Jan Assmann y Jiří Moskala acerca de la práctica de las ofrendas, queda claro que Adonai quiso que los israelitas se distanciaran completamente de los ritos religiosos y prácticas de sus antiguos amos. Fue con este propósito que él instituyó los sacrificios dentro del servicio del santuario.
Estas ofrendas no estaban destinadas a sustentar a un dios necesitado, como creían las naciones circundantes, sino que servían como un medio ritualizado para mantener una relación de pacto (berit, בְּרִית). El sistema sacrificial estaba destinado a preservar la comunión con un Dios santo que había escogido libremente morar en medio de su pueblo. El Pentateuco ilustra este principio en varios pasajes:
- Levítico 21: 6: “Santos serán para su Dios, […] porque ofrecen las ofrendas quemadas para Jehová y el pan de su Dios”.
- Levítico 22: 25: “Para ofrecerlos como alimento de vuestro Dios”.
- Números 28: 2: “Manda a los hijos de Israel y diles: ‘Cuidaréis de presentarme a su tiempo mis ofrendas, mi pan con las ofrendas quemadas de olor grato para mí’”.
Estos versículos usan la expresión “el alimento de Dios”, pero con un significado transformado. Como muestra Gary Anderson en su estudio comparativo, la Biblia adopta la antigua idea de que los dioses dependían de los seres humanos para su sustento, pero la redefine radicalmente: el “alimento de Dios” no está destinado a nutrir a Yahvé, sino a establecer y sostener la relación de pacto.[5]
En contraste con las prácticas de los egipcios, sumerios y otras naciones vecinas, los israelitas traían sus ofrendas para nutrir su relación con el Dios del pacto del Sinaí. La ofrenda no pretendía satisfacer necesidades de Yahvé, sino nutrir la relación del adorador con su Creador. Era un acto ritualizado que expresaba devoción, gratitud, arrepentimiento y un deseo de comunión con el Dios del Pacto, quien, a diferencia de las deidades egipcias, no necesitaba nada, pero deseaba una relación con su pueblo.
Roy Gane explica que el sistema sacrificial en el santuario era una forma de pedagogía divina, diseñada para enseñar a los pecadores cómo vivir en comunión con un Dios santo. “La ofrenda purificadora israelita (ḥaṭṭā'ṭ) [...] funcionaba para remediar el desequilibrio de impureza, que de otro modo habría roto la relación entre Dios y su pueblo. El oferente no estaba ‘alimentando a Dios’, sino iniciando un proceso que permitiría que la presencia divina continuara habitando en medio de ellos. El objetivo era la comunión continua”.[6]
Así, el rabino conservador y erudito Jacob Milgrom resume esta perspectiva: el sistema sacrificial israelita era un don divino, diseñado no para suplir una necesidad de Dios, sino como un medio misericordioso ofrecido a los seres humanos para mantener y expresar su relación con él.[7] Esta idea está en el corazón de la interpretación teológica de Milgrom y distingue fundamentalmente el culto bíblico de las religiones circundantes del antiguo Cercano Oriente.
En resumen
Como señala la Jewish Study Bible, 2a ed., la Biblia es explícita en este asunto: Dios no necesita el alimento de sus adoradores:[8] “Si yo tuviera hambre, no te lo diría a ti. […] ¿He de comer yo carne de toros?”. Sin embargo, Dios valora la relación íntima que su pueblo y sus sacerdotes mantenían con él. Así, en la Biblia hebrea, la expresión “el pan de Dios” (leḥem Elohim) no se refiere a una necesidad material de la Deidad, sino a una realidad simbólica y relacional. Refleja una transformación teológica radical en comparación con las concepciones religiosas del antiguo Cercano Oriente, donde los dioses dependían de las ofrendas humanas para su sustento.
En el culto israelita, entonces, la ofrenda no era una forma de alimentar a Dios, sino una respuesta de amor, gratitud y comunión con el Creador, una señal de un pacto vivo y santificado.
Aplicación espiritual para hoy
Después de comprender lo que significaba presentar ofrendas a Dios en el contexto de Israel en el desierto, ¿qué principios podemos extraer para nuestras vidas en el siglo XXI?
- La ofrenda es una expresión de una relación, no una transacción. No damos para recibir, sino para expresar nuestra gratitud hacia Dios.
- Revela la fidelidad del corazón. La manera en que administramos nuestras posesiones refleja el lugar que Dios realmente ocupa en nuestra vida.
- Nutre la comunión. Así como los ritos sacrificiales acercaban al pueblo a Dios, nuestros dones y compromisos hoy fortalecen nuestra relación con él y con nuestra comunidad.
- Refleja una teología de servicio y de compartir. Dar es participar en la misión de Dios de justicia, amor, y restauración del mundo.
Estos cuatro principios sirven como un poderoso antídoto frente a nuestra resistencia o desconfianza cuando se trata de dar a Dios a través de su iglesia. Nos recuerdan que el dar espiritual no es una transacción material ni un deber administrativo, es, ante todo, un acto de fe, amor y pacto.
Es cierto que en nuestro tiempo, la buena administración tiene un lugar legítimo en la organización de la iglesia, y apoyo plenamente. La transparencia e integridad son esenciales. Pero la raíz de la verdadera ofrenda no se encuentra en los registros o contabilidades, se encuentra en el corazón. Mi relación con Dios sigue siendo la prioridad, porque es el fundamento de toda ofrenda auténtica.
Así, mi motivación para dar nunca debe ser el miedo a la mala administración, ni siquiera el deseo de recibir una bendición a cambio. Debe surgir de un impulso interno de gratitud, un profundo deseo de nutrir mi comunión con el Dios vivo, Aquel que se deleita más en un corazón fiel que en la cantidad de la ofrenda.
El rey David entendió esto muy bien cuando declaró: “Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1 Crónicas 29: 14). Con estas palabras, David confiesa que dar a Dios es, en realidad, devolver lo que ya le pertenece. La ofrenda se convierte entonces en una señal de humildad, un testimonio de gratitud y un acto de pacto vivo con el Dios de la provisión.
- Dar es reconocer que no soy dueño, sino mayordomo de los recursos de Dios.
- Dar es afirmar mi confianza en que Dios siempre suplirá mis necesidades.
- Dar es participar en la economía del reino, donde el amor y la generosidad son las verdaderas riquezas.
Así, cada ofrenda, por modesta que sea, se convierte en un sacrificio de alabanza (Hebreos 13: 15-16), una expresión tangible de mi fe y una respuesta gozosa a la fidelidad de Dios.
Conclusión
A través de este estudio, queda claro que dar en la iglesia no es meramente un acto material o administrativo. Desde el tiempo de Israel en el desierto hasta hoy, la ofrenda siempre ha sido una manera de nutrir una relación con Dios, no de suplir una necesidad de él. Mientras que las culturas circundantes veían a sus dioses como dependientes de las ofrendas humanas, la teología bíblica transforma radicalmente esta idea: Dios, autosuficiente y trascendente, invita a su pueblo a dar como expresión de su fidelidad, gratitud y comunión con él.
En nuestro contexto contemporáneo, donde el cuestionamiento y el pensamiento crítico son generalizados, este entendimiento nos recuerda que cada ofrenda es un acto de fe viva y de transformación personal. Refleja el estado de nuestro corazón, nuestro nivel de confianza en Dios y nuestro sincero deseo de participar en su obra. Como declaró el rey David: “Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1 Crónicas 29: 14). Dar se convierte así en una expresión de gratitud, una confesión silenciosa de dependencia de Dios y una manera de santificar nuestras posesiones, nuestros talentos y toda nuestra vida.
En la práctica, el dar hoy debe hacerse con amor e intención, no por obligación o cálculo, sino como una respuesta a la fidelidad de Dios y un testimonio vivo de nuestro pacto con él. Cada ofrenda se convierte entonces en:
- un acto de comunión con el Creador
- un medio de santificar nuestros recursos
- un testimonio de fe, humildad y generosidad
- una victoria sobre el egoísmo, la avaricia y la autosuficiencia.
Las ofrendas nos recuerdan que todo lo que poseemos viene de Dios y finalmente regresa a él, y que nuestra verdadera riqueza consiste en una relación viva y amorosa con él.
Al final, dar a Dios nunca es una carga; es un privilegio, una manera de nutrir nuestra vida espiritual, de expresar nuestra fe, y de declarar que Dios es nuestra verdadera seguridad, nuestra Fuente y nuestra herencia eterna.
[1] Thorkild Jacobsen, The Treasures of Darkness: A History of Mesopotamian Religion (Yale University Press, 1976), p. 86.
[2] Jan Assmann, Death and Salvation in Ancient Egypt, trans. David Lorton (Cornell University Press, 2005), p. 287.
[3] Jacques Doukhan, Hebrew for Theologians: A Textbook for the Study of Biblical Hebrew in Relation to Hebrew Thinking (=University Press of America, 1993), p. 112.
[4] Jiří Moskala, “The Laws of Clean and Unclean Animals of Leviticus 11: Their Nature, Theology, and Rationale (An Archaeological, Zoological, and Linguistic Study)” (doctorate thesis, Andrews University, 1998), p. 312.
[5] Gary A. Anderson, Sacrifices and Offerings in Ancient Israel: Studies in their Social and Political Importance (Scholars Press, 1987), pp. 15, 16.
[6] Roy Gane, Cult and Character: Purification Offerings, Day of Atonement, and Theodicy (Eisenbrauns, 2005), p. 287.
[7] Jacob Milgrom, Leviticus: A Book of Ritual and Ethics (Fortress Press, 2004), p. 45.
[8] Adele Berlin and Marc Zvi Brettler, eds., The Jewish Study Bible, 2nd ed. (Oxford University Press, 2014), p. 324.