By SAUSTIN SAMPSON MFUNE

Era el noveno cumpleaños de Jimmy. El salón estaba lleno de sus amigos, que cantaban y jugaban todo tipo de juegos. Cuando las actividades alcanzaron el paroxismo, la madre se coló en la cocina y regresó con un pastel de cumpleaños. Cuando lo puso sobre la mesa, los niños comenzaron a cantar espontáneamente: «¡Jimmy, Jimmy, Jimmy!». […] Jimmy hizo un puño con la mano derecha y rápidamente lo empujó hacia abajo con una sacudida brusca mientras decía: «¡Sí!». Luego, sonriendo de oreja a oreja, apagó las nueve velas del pastel de cumpleaños.

Mientras estaban ocupados disfrutando del pastel, el papá se fue inadvertido a su habitación para buscar el regalo sorpresa de cumpleaños para Jimmy, que estaba escondido en el vestidor. Era una bicicleta. Caminó silenciosamente de vuelta a la sala de estar y luego gritó: «¡Sorpresa, cumpleañero!». Todos los niños voltearon y miraron al papá. Los ojos de Jimmy «saltaron» de sus cuencas, y se disparó hacia su padre. Lo abrazó y gritó: «¡Te quiero, papá! ¡Te quiero, mamá!». Luego abrazó y besó la bicicleta mientras repetía: «Gracias, papá y mamá».

Finalmente, la fiesta se acabó y sus amigos regresaron a sus hogares. Jimmy estaba ansioso por probar su nueva bicicleta. Agarró la bicicleta, pero papá le dijo que esperara. «¿Qué pasa, papá?». Papá le dijo que se sentara. Un ansioso Jimmy se sentó preguntándose qué estaba ocurriendo.

Papá le dijo a Jimmy que ya que vivían en una estación misionera donde había varios autos, muchas bicicletas y mucha gente, necesitaba conocer algunas reglas para guiarlo sobre cómo andar en bicicleta en el campus para que no se lesionara o lastimara a otros. Le dijo que obedeciera todas las señales de pare y ceda el paso en las encrucijadas. Cuando se acercara a una encrucijada, incluso cuando no hubiera una señal de pare de su lado, debía acercarse con cuidado porque el conductor o el ciclista que pudiera tener una señal de pare en el cruce podía estar distraído o descuidado y podía lastimarlo. Se le dijo que no acelerara y que nunca pedaleara con las manos fuera del manubrio. Podría golpear una piedra u otro obstáculo en el camino y caer y lesionarse gravemente. Debía tener cuidado con los niños. Y mamá finalizó la conversación diciéndole a Jimmy que estas reglas no estaban destinadas a limitar su disfrute. Estaban destinadas a protegerlo a él y a otros, y también a empoderarlo. Le dijo que cuando las personas saben lo que pueden y no pueden hacer, les da la libertad de disfrutar de los regalos recibidos. Jimmy asintió con la cabeza en acuerdo. Mamá también dijo que después de regresar de la escuela, primero debería hacer sus tareas domésticas y las asignaciones, y luego podría ir a dar un paseo en bicicleta. Jimmy estuvo de acuerdo.

Jimmy agradeció a sus padres. Los miró y les suplicó: «¿Puedo ir ahora y andar en mi bicicleta?». Papá y mamá se miraron y luego dijeron: «Sí». Y mamá agregó: «¡Ten cuidado!». «Lo haré», respondió Jimmy. Montó su bicicleta y se alejó.

Transcurrieron dos días sin ningún incidente. Pero al finalizar una tarde, mientras el papá regresaba a casa del aula, luego de un largo día de clases, vio a cierta distancia a Jimmy y a dos de sus amigos montando bici. Y pedaleaban tan rápido como sus pequeñas piernas se lo permitían. Mientras sus amigos tenían las manos en los manubrios de las bicis, las manos de Jimmy estaban en el aire y gritaba: «¡Mírenme!». Cuando sus dos amigos vieron esto, lo vitorearon. Y todos estaban acelerando hacia una señal de pare.

Había arbustos altos formando un seto a lo largo de la carretera, por lo que Jimmy no podía ver lo que venía en la intersección. Su padre, sin embargo, caminaba por el cruce desde el lado opuesto, así que podía ver que se acercaba un vehículo a la intersección de los dos caminos. Cuando se dio cuenta de que Jimmy y sus amigos se dirigían a toda velocidad hacia el punto de cruce, gritó: «¡Jimmy, detente!». Sin embargo, Jimmy no escuchó la advertencia. Siguió acelerando y disfrutando de la adrenalina. Cuando él y sus amigos se acercaron a la señal de pare, sus amigos redujeron la velocidad y se detuvieron, pero Jimmy corrió a toda velocidad. Al entrar en la intersección, un automóvil del otro lado del cruce, que tenía el derecho de paso, entró en la intersección. El conductor de repente vio a Jimmy y trató de tocar la bocina y aplicar los frenos, pero ya era demasiado tarde. Golpeó la bicicleta y lanzó a Jimmy al aire. Jimmy aterrizó con un ruido sordo en el camino.

«¡Jimmy!, ¿estás bien?», gritaba su padre mientras venía corriendo. Jimmy estaba gravemente herido. Sangraba profusamente de su boca; sus labios estaban cortados e hinchados. Tenía un moretón en el lado derecho de la cara, y su ropa estaba rasgada. Su bicicleta estaba completamente destrozada. Lo llevaron a una pequeña clínica en el campus, y la enfermera les dijo que tenía que ir a un gran hospital que estaba a sesenta y cuatro kilómetros de distancia. Después de llegar al hospital, el personal médico le hizo varias radiografías y descubrió que se había roto el hueso de su mano derecha. También tenía una costilla rota. Jimmy tuvo que permanecer en el hospital durante cinco días. Su mamá y su papá se turnaron para quedarse con él.

Poco antes de ser dado de alta, un médico y dos enfermeras entraron a la habitación de Jimmy. Este sonrió levemente cuando el médico le dijo que sería dado de alta ese día. «Gracias», susurró Jimmy. «Joven» —dijo el doctor—, «cuando tus padres te dan reglas, es porque están tratando de protegerte. Aunque fuiste tú quien desobedeció, tus padres también sufrieron. Recuerda que las leyes son para tu seguridad», dijo el médico mientras tocaba suavemente la cabeza de Jimmy. «Gracias a Dios que aún estás vivo». El médico firmó algunos papeles y se los dio a la enfermera. Le dijo a Jimmy y a sus padres que una vez que terminaran con los trámites de gestión, podrían regresar a casa.

Mientras conducían a casa, un lloroso Jimmy, quien aún sentía mucho dolor, le dijo a sus padres que lamentaba mucho haber desobedecido. Papá respiró profundo y volvió a enfatizar que las reglas existen para proteger y no para esclavizar a alguien. Esto se aplica a todos los aspectos de la vida; los regalos se disfrutan cuando uno sigue las instrucciones del dador.

Una agradecida madre, con lágrimas en los ojos, estaba feliz y aliviada de que su hijo estuviera vivo. Lo besó en la frente; las lágrimas también brotaron de los ojos de Jimmy, mientras el vehículo dejó un rastro de polvo al serpentear por un largo y polvoriento camino de regreso a la estación de la Misión.

SAUSTIN SAMPSON MFUNE

SAUSTIN SAMPSON MFUNE

El pastor Saustin Mfune es director asociado del Ministerio Infantil en la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Silver Spring, Maryland.