By Don McFarlane

A mediados de la década de 1980,mientrs era presidente de la Asociación del Sur de Inglaterra, Reino Unido, invité a una joven de una de las iglesias de Londres a compartir con un grupo de pastores y ancianos lo que los jóvenes de la iglesia querían de ellos como líderes de iglesia. Francamente, esperaba una larga lista de demandas, pero eso no se materializó. La joven habló durante no más de veinticinco minutos, a pesar de que le había dado cuarenta y cinco minutos. Dos respuestas en su breve pero efectivo discurso se grabaron en mi mente desde entonces: los jóvenes de la iglesia quieren saber que los pastores y los ancianos realmente se preocupan por ellos. Los jóvenes de la iglesia quieren poder confiar en sus pastores y ancianos.

La joven compartió una ilustración para apoyar su argumento. Dijo que una amiga suya había venido a la iglesia un sábado con un vestido muy corto. Su amiga sabía que el vestido era corto y seguía tirando de su dobladillo en un esfuerzo por alargarlo, pero sin mucho éxito. Un anciano se acercó a su amiga después del culto de ador ación y la reprendió con dureza por usar un atuendo tan inadecuado para la casa de Dios. La respuesta fue airada. Más tarde, su amiga dijo que sabía que el vestido era corto y que probablemente no debería haberlo usado en la iglesia, pero su ira se debía al hecho de que ese anciano no le había hablado de manera positiva antes de ese día. Nunca le había ofrecido una palabra reconfortante o alentadora. Ella consideraba que él carecía de la autoridad para hablar con ella de la manera en que lo hizo, ya que no había tratado de forjar una relación con ella. En consecuencia, no sentía que él fuera alguien en quien pudiera confiar. 

Cada año, los líderes de algunos de los países más ricos del mundo se reúnen para abordar los problemas mundiales más desafiantes del momento. Conocido como el G7, este club exclusivo que se fundó a principios de los años setenta y está compuesto por miembros de Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, el Reino Unido y los Estados Unidos, representa más del sesenta por ciento de la red global de riqueza, estimada en aproximadamente $250 billones. Hace años emprendí un viaje para identificar algunos de los principales factores que sustentan el crecimiento de los países ricos y económicamente exitosos. Rápidamente se hizo evidente que el factor número uno en cualquier país que crea una cultura que conduce al éxito económico sostenible es la confianza: la confianza en el gobierno, la confianza en las instituciones, la confianza en las empresas, la confianza en los sistemas.

Los países del G7 y otros, como Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia y Holanda, se consideran países de alta confianza. Los países con bajo crecimiento económico suelen ser países de baja confianza. «En los países donde la confianza es alta, el crimen y la corrupción son bajos. Las empresas con una reputación saludable se desempeñan mejor y contratan mejor talento. Los líderes que se perciben como confiables son considerados más exitosos. Entonces, si las organizaciones pueden aprovechar la confianza, tienen mucho que ganar».1

 Si la confianza es importante en el mundo político y comercial, lo es aún más en el mundo espiritual y social. La confianza es quizás uno de los ingredientes más importantes para vivir abun dantemente y experimentar una vida satisfactoria. Es un bien valiosísimo. El salmista exclama: «Pero yo confío en tu gran amor; mi corazón se alegra en tu salvación» (Salmo 13: 5). «Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él altus sendas» (Proverbios 3: 5-6).

Nuestra confianza en Dios y sus promesas es la base de nuestra fe. Nuestra confianza en nuestros padres, nuestros hijos, nuestros abuelos y nietos, nuestros hermanos y hermanas es la base de nuestras relaciones familiares y de la libertad que experimentamos cuando estamos con nuestros seres queridos. De manera similar, el nivel de confianza que tenemos en nuestros miembros de iglesia y los líderes de la iglesia, en particular, determina hasta qué punto tomamos en serio a la iglesia, el apoyo que estamos preparados para brindarle y la alegría que experimentamos al ser parte de ella. Las bendiciones de la iglesia se experimentan solo en las relaciones con otras personas. Cristo es su cabeza, pero nuestras interacciones cotidianas son con el cuerpo que, da la casualidad, son personas.

Numerosos llamamientos a los miembros para que dediquen su tiempo, medios e influencia a la iglesia a menudo son innecesarios cuando los miembros pueden confiar en los líderes y la visión que tienen. J. Clif Christopher expresa un pensamiento similar acerca de la iglesia con estas palabras: «Un punto clave para recordar es que la amistad es más importante que la recaudación de fondos. Uno debe ser diez veces más deliberado para hacer un amigo que para recibir ofrendas. Si usted [líder de iglesia] dedicara las horas necesarias para cultivar una relación, descubrirá que solonecesita dedicar unos minutos para obtener una ofrenda que promueva la causa de Cristo».2 Los líderes de la iglesia deben tener en cuenta que la confianza no se inspira por su posición, sus títulos o sus discursos; la confianza se inspira por sus acciones.

 La tesis básica de Christopher acerca de las donaciones de alto nivel en una iglesia local es que una iglesia necesita tener un líder que inspire confianza en los miembros a través de la cimentación de sus relaciones. «Cuando [los miembros] no tienen confianza, hacen una contribución pero no un compromiso».3 Las personas generalmente dicen que dan a ciertas causas debido a su creencia en la misión de esas causas. Si bien eso es cierto, en muchos casos, subconscientemente dan debido a la confianza que tienen en el líder de la misión. «Tendría mucha más confianza en comprometerme a pelear una batalla si notara que el general Patton estaba a cargo que si me dijeran que el raso Snuffy estaba liderando».4

 Donde existe un alto factor de confianza en los líderes de una iglesia local y en su adhesión a la misión de la iglesia en general, también existe un alto nivel de donación por parte de los miembros de su tiempo, energía, influencia y dinero.

 Mis casi treinta años como administrador de la iglesia me han enseñado la impor tancia de la confianza en la edificación de una iglesia local y en garantizar que tenga los recursos necesarios para crecer y desarrollarse. Donde existe un alto factor de confianza en los líderes de una iglesia local y en su adhesión a la misión de la iglesia en gener al, también existe un alto nivel de donación por par te de los miembros de su tiempo, energía, influencia y dinero. 

¿Desea una congregación dinámica y enérgica que sea alegre en Cristo, que responda a su liderazgo y que se comprometa con el cumplimiento de la misión de la Iglesia Adventista del Séptimo Día? ¿Sí? Bueno, ¡sea un buen administrador! Sea un buen mayordomo para cultivar y crear relaciones, y hágales saber a cada miembro que, como líder, a usted le importa, que son especiales para Dios y, por lo tanto, son especiales para usted. Una actitud cariñosa edifica la relación; la relación genera confianza, y la confianza genera compromiso. Es en el compromiso que uno experimenta la plenitud en Cristo, las alegrías de la vida cristiana y la motivación para dar de uno mismo y sus recursos a fin de expandir el reino de Dios. Elena G. de White dice que el compromiso total, o la devoción sincera, que es resultado de la confianza, es más precioso que el oro: «Dios considera más preciosa que el oro de Ofir el alma que lo ama sinceramente y de todo corazón».5 Dios está tratando de moldear a través de nosotros, como sus mayordomos, a tales almas.

Don McFarlane

Don McFarlane

Originario de Jamaica, Don McFarlane trabajó como pastor, director departamental y administrador de la iglesia en la Unión Británica y en la División Transeuropea durante treinta y tres años. Durante los últimos siete años, ha sido el pastor para la administración y los ministerios para adultos en la Iglesia Adventista del Séptimo Día de Sligo.